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Seúl · El río que la ciudad decidió recordar

En 1971, Seúl enterró un río.

No lo desvió. No lo canalizó. Lo enterró bajo seis carriles de asfalto y lo convirtió en autopista. El arroyo Cheonggyecheon — que durante siglos había organizado la vida cotidiana de la capital coreana — desapareció bajo el concreto como quien esconde lo que le avergüenza. Encima de él circulaban 168,000 vehículos diarios. Debajo, el agua seguía corriendo, contaminada e invisible, esperando.

Treinta y dos años después, Seúl tomó la decisión contraria.

La decisión que nadie se atrevía a tomar

En julio de 2003, el alcalde Lee Myung-bak ordenó demoler la autopista elevada Cheonggye. Sus asesores se lo desaconsejaron. Los comerciantes protestaron. La opinión pública recibió la noticia con escepticismo. Nadie creía que eliminar seis carriles de una de las vías más transitadas de la ciudad pudiera terminar bien.

No la reparó. No la amplió. No encargó un estudio para postergar la decisión. La demolió.

En 27 meses se removieron 620,000 toneladas de concreto, recicladas en su totalidad. El costo fue 281 millones de dólares. En octubre de 2005, el Cheonggyecheon volvió a correr al aire libre por primera vez en tres décadas.

Lo que los datos demostraron

Los resultados no fueron opiniones. Fueron datos medibles y verificables.

La temperatura urbana en la zona descendió entre 3.6 y 5.9 grados Celsius — efecto directo de sustituir asfalto por agua y vegetación. La calidad del aire mejoró un 35%, con las partículas contaminantes reduciéndose de 74 a 48 microgramos por metro cúbico. La biodiversidad pasó de menos de 100 especies a casi 800 — un incremento del 639% en un corredor que antes era un túnel de ruido y smog.

El uso del transporte público aumentó porque, paradójicamente, eliminar esa autopista fluidificó el tráfico del resto de la ciudad. Lo que los ingenieros llaman la Paradoja de Braess: en sistemas complejos, quitar capacidad vial en un nodo puede mejorar el flujo global. El valor inmobiliario en el corredor del Cheonggyecheon se duplicó respecto al crecimiento del resto de la ciudad. Los primeros tres años de operación, el parque lineal recibió 70 millones de visitantes.

Lee Myung-bak, el alcalde que arriesgó su carrera política en una decisión impopular, terminó siendo presidente de Corea del Sur.

Lo que el agua nunca olvidó

Hay algo que este caso revela sobre la naturaleza de los sistemas hídricos urbanos: no desaparecen cuando se les ignora. Esperan.

El Cheonggyecheon siguió corriendo debajo del asfalto durante décadas — contaminado, invisible, olvidado por la ciudad que lo había enterrado. Cuando los ingenieros comenzaron la demolición encontraron un cauce degradado pero vivo. Lo que el ojo urbano había dejado de ver, el agua nunca había dejado de ser.

Eso mismo ocurre con las cañadas de Santo Domingo. Las que fueron canalizadas, reducidas o contaminadas no desaparecieron. Siguen ahí, cargando el agua que la ciudad no supo gestionar, esperando una decisión que las devuelva al ciclo natural del que nunca debieron salir.

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El bienestar que los datos no anticiparon

La neuroarquitectura explica lo que las cifras económicas no capturan completamente. Cuando el Cheonggyecheon volvió a correr al aire libre, los residentes y visitantes de esa zona de Seúl experimentaron algo que la ciencia ya puede medir: la presencia del agua en movimiento, la vegetación nativa en las márgenes y la reducción del ruido urbano activaron en el cerebro respuestas de restauración cognitiva. El estrés bajó. La capacidad de concentración mejoró. La sensación de bienestar aumentó de forma documentada. Lo que antes era un corredor de asfalto y smog que generaba ansiedad crónica en quienes lo transitaban se convirtió en un espacio que literalmente sana. Hoy esa franja de Seúl es uno de los corredores urbanos más visitados de Asia — no por su arquitectura monumental sino por algo más simple y más profundo: porque hace sentir bien a quien lo habita.

Lo que Seúl le dice a Santo Domingo

Lo que Seúl demostró no es que los ríos son bonitos. Demostró que una ciudad que le devuelve espacio al agua se vuelve más habitable, más resiliente, más valiosa y más justa. Que la infraestructura gris no es progreso: es una deuda que la ciudad contrae con su propio territorio, y que tarde o temprano hay que saldar.

El Cheonggyecheon tardó cincuenta años en ser restaurado desde que fue sepultado. Las cañadas de Santo Domingo llevan décadas esperando.

La pregunta que queda no es técnica. Es política. No es si se puede. Es si alguien tendrá el coraje de ordenarlo.

Nicolás Marte | Arquitecto · Urbanismo Sostenible
Vida Natural 360 · 24 de junio de 2026

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2 comentarios en “Seúl · El río que la ciudad decidió recordar”

  1. Miguel A. Almanzar Vargas

    Excelente artículo.
    Espero que EL SEÑOR JESUSCRISTO que movió al síndico de Seúl, hacer lo que nadie quería hacer. Mueva a nuestros dirigentes de la cuidad de Santo Domingo. A devolver al Río Ozama, Al Río Isabela, con sus cañadas que desaguan en ellos vida, agua limpia, sacar la basura y desechos que se tiran en ellas y contaminan la cuidad. Y transformar el cordón de miseria de casuchas en el cauce de esos ríos. Cambiándolo en áreas verdes, y viviendas adecuadas para el entorno natural. Así vamos a tener el negocio de Venecia en su turismo, y el ejemplo de Seúl en su Ambiente.

    1. Muchas gracias por tus palabras y por tomarte el tiempo de leer el artículo.

      Comparto contigo el deseo de ver una ciudad más limpia, más ordenada y más humana. Creo que Dios nos ha dado la capacidad de administrar responsablemente el territorio que habitamos, y parte de esa responsabilidad es restaurar nuestros ríos, nuestras cañadas y los espacios donde viven miles de familias.

      Las experiencias de Seúl, y de muchas otras ciudades, demuestran que la transformación es posible cuando existe visión, voluntad y perseverancia. Mi esperanza es que este trabajo de investigación contribuya, aunque sea modestamente, a generar conciencia sobre el enorme potencial que tienen el Ozama, el Isabela y toda la red hídrica de Santo Domingo.

      Sigamos creyendo, trabajando y aportando para que las futuras generaciones reciban una ciudad más resiliente, más saludable y más digna para todos.

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