La vulnerabilidad de nuestra ciudad no es un fenómeno puramente natural; es el resultado de una desconexión entre el ritmo del clima y el ritmo de la construcción urbana. En Santo Domingo, la inquietud ya no surge únicamente ante la llegada de un gran fenómeno atmosférico, sino ante cualquier precipitación de moderada intensidad que supere los 40 minutos de duración.
El calendario como recordatorio de la fragilidad
Nos acercamos al inicio de la temporada ciclónica, un periodo que abarca desde el 01 de junio hasta el 30 de noviembre de cada año. Sin embargo, para nuestra realidad urbana, el riesgo no se limita a esas fechas. Como hemos analizado anteriormente, la pluviometría de nuestra región se ha vuelto extrema: volúmenes de agua que antes se distribuían en días, ahora se descargan en menos de una hora.
Esta volatilidad somete a la infraestructura a una prueba de carga constante. La clave reside en el Coeficiente de Escorrentía (C), un dato que debería disparar todas las alarmas en el sector construcción:
El impacto real de la impermeabilización:
Un coeficiente de C = 0.95 (típico del asfalto y concreto) significa que de cada 100 litros de lluvia, 95 litros no se filtran al subsuelo. Se quedan «rebotando» en la superficie y buscando desesperadamente un drenaje.
En contraste, una zona de bosque o césped denso tiene un coeficiente que suele oscilar entre 0.05 y 0.25. Es decir, la naturaleza absorbe lo que la ciudad rechaza violentamente.
El edificio como factor de impermeabilización
Es imperativo analizar cómo la construcción vertical está influyendo en este escenario. El crecimiento de la ciudad es necesario, pero la forma en que ocupamos el suelo está sellando la capacidad de absorción de la cuenca urbana de forma agresiva.
Cada nueva edificación que ignora la gestión hídrica se convierte en una superficie impermeable adicional. Al ocupar la totalidad de los solares con sótanos y áreas pavimentadas sin criterios de filtración, estamos transformando los edificios en «islas de concreto» que rechazan el agua, obligando al sistema público a gestionar caudales que superan por mucho su capacidad de diseño.
Es doloroso ver cómo el éxito económico de Santo Domingo —esas torres que definen nuestro skyline— se convierte en una trampa de agua porque nos olvidamos de que el suelo tiene memoria. Estamos construyendo «hacia arriba» con orgullo, pero «hacia abajo» estamos asfixiando la tierra.
Un cambio de visión obligatorio
La construcción no es el enemigo, pero el diseño actual debe evolucionar con urgencia ética. Un proyecto no puede ser solo una envolvente para habitar; debe ser un elemento que colabore con la resiliencia de su entorno.
La urgencia radica en que cada proyecto que se aprueba hoy sin considerar la sostenibilidad hídrica es un problema que le estamos heredando a la ciudad por décadas. La solución real no vendrá únicamente de las grandes obras de ingeniería estatal, sino de la conciencia con la que cada inversor decida desarrollar su propiedad y de la ética con la que tracemos cada plano.

