Contaminación en Playa Macuto Venezuela basura petrolizada en el agua

El agua no miente

Río de Janeiro, Guayaquil y Santo Domingo: tres ciudades, un solo modelo de fracaso

Blog Vida Natural 360 · Serie: ¿Por qué se inunda Santo Domingo?


El agua no miente.

Cuando una ciudad se inunda, el agua no elige barrios al azar. Sigue la pendiente. Busca los puntos bajos. Ocupa los espacios que el diseño urbano dejó sin resolver. Y en casi todas las ciudades latinoamericanas, esos espacios bajos, esas pendientes peligrosas, esas cañadas y quebradas y laderas y morros, están ocupados por la misma población: la que no tuvo otra opción.

Eso no es una coincidencia geográfica. Es el resultado de un modelo de ciudad.


El denominador común latinoamericano

Río de Janeiro tiene sus favelas en los morros. Guayaquil tiene sus comunidades sobre el Estero Salado y sus tributarios contaminados. Santo Domingo tiene sus barrios en las márgenes de las cañadas. La geografía cambia. El mecanismo es idéntico.

Ese mecanismo funciona así: el capital se concentra en los centros urbanos. El centro genera empleo, servicios, oportunidades. Las poblaciones rurales y de ciudades intermedias migran hacia ese centro buscando lo que sus territorios de origen no pueden ofrecerles. Llegan por decenas de miles. El Estado no regula, no planifica, no anticipa. El mercado formal de vivienda los excluye porque no tienen con qué pagar. Y la ciudad, con su lógica implacable, los empuja hacia los únicos espacios disponibles: los que nadie más quiere. Los que tienen riesgo. Los que están sobre el agua, bajo el agua, o demasiado cerca de ella.

Las cañadas, quebradas, laderas y morros no son elegidos. Son lo que queda.


El asfalto como respuesta equivocada

Mientras esa población construye su vida en los márgenes peligrosos, la ciudad formal responde al crecimiento con la única herramienta que conoce: asfalto y cemento. Más avenidas. Más carriles. Más superficie impermeable. Más kilómetros cuadrados de ciudad que no pueden absorber una gota de lluvia.

El resultado es hidráulicamente predecible. Cada metro cuadrado de asfalto que se añade a la ciudad es un metro cuadrado que deja de filtrar agua al subsuelo y la envía directamente a los cauces. Las cañadas que fueron diseñadas para manejar el caudal de una ciudad de hace treinta años reciben ahora el escurrimiento de una ciudad tres o cuatro veces más grande, con una superficie impermeable que se multiplica cada año.

El agua no tiene a dónde ir. Entonces va a donde puede. Y donde puede, invariablemente, es donde vive la gente que menos tiene.

Río de Janeiro lo sabe desde hace décadas. Cada temporada de lluvias los deslizamientos en los morros confirman que la ciudad construyó sus márgenes más vulnerables sobre terrenos que nunca debieron ser habitados, y que los habitó precisamente porque no tenía un plan para que esa gente viviera en otro lugar.

Guayaquil lo vive en el Estero Salado: un sistema hídrico que fue laguna, fue río, fue humedal, y que la ciudad convirtió primero en vertedero y luego en base para asentamientos informales que hoy son barrios consolidados con décadas de historia y ninguna solución a la vista.


Santo Domingo en el espejo

Santo Domingo no es la excepción. Es otro peldaño de la misma escalera.

La capital dominicana concentra más del 40% de la población del país en menos del 2% del territorio nacional. Ese nivel de concentración no ocurrió por planificación. Ocurrió porque el modelo económico dominicano centralizó oportunidades, servicios y empleo en un solo punto, y luego observó pasivamente cómo cientos de miles de personas llegaban a ocupar los espacios que el mercado formal no podía ofrecerles.

Las cañadas de Santo Domingo — Guajimía, Las 800, Arroyo Hondo, Los Platanitos, Villa Duarte — no están ocupadas por casualidad. Están ocupadas porque cuando esa población llegó, el Estado no tenía tierra planificada para recibirla. Y los márgenes de los cauces eran el único espacio disponible.

Los números hablan solos. En julio de 2023, solo la cañada de Arroyo Hondo III recibía 15 toneladas diarias de basura y escombros. Su rescate requería una inversión estimada de 9,000 millones de pesos. Una sola cañada. De las noventa que tiene el Gran Santo Domingo.

Hoy esos márgenes están densamente habitados. Las cañadas están contaminadas, obstruidas y sin mantenimiento. Cada temporada ciclónica las convierte en amenaza directa para las mismas comunidades que las ocupan. Y la respuesta institucional sigue siendo la misma: dragar, canalizar, prometer, y esperar al próximo aguacero.


Lo que la ciudad le debe a sus márgenes

El problema hídrico de Santo Domingo no se resuelve solo con infraestructura. Se resuelve reconociendo que la ciudad le debe una deuda a la población que empujó hacia sus márgenes más peligrosos.

Esa deuda tiene componentes técnicos: restaurar los cauces, rehabilitar las riberas, proteger las franjas marginales, construir la infraestructura de drenaje que nunca se construyó. Pero tiene también componentes que ningún ingeniero puede resolver solo: regulación del suelo, planificación territorial, políticas de vivienda que ofrezcan alternativas reales a quienes hoy viven sobre el agua porque no tuvieron otra opción.

Río de Janeiro, Guayaquil y Santo Domingo comparten el diagnóstico. Lo que las diferencia, por ahora, es que ninguna ha encontrado todavía la voluntad política para atacar el problema desde su raíz.

El agua sigue bajando por la pendiente. Sigue buscando los puntos bajos. Y en esos puntos bajos, sigue encontrando a la misma gente.

Hasta que alguien decida que eso tiene que cambiar.

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