Serie: ¿Por qué se inunda Santo Domingo? · Capítulo 3 · Parte XXXVIII
Inventario Estratégico de Cañadas Prioritarias del Sistema Hídrico Urbano de Santo Domingo · Memoria hidrológica urbana · Tesis Territorial
En algún momento entre 2022 y 2023, una brigada de la CAASD intervino la Cañada Arroyo Francisco en el sector de Herrera, Santo Domingo Oeste. Sanearon el cauce. Instalaron redes de drenaje sanitario. Reubicaron familias que vivían en los márgenes. Construyeron aproximadamente 20 unidades habitacionales para quienes perdieron su lugar al borde del agua.
Fue una intervención real. Ocurrió. Hay familias que hoy viven diferente porque ocurrió.
Y sin embargo, cuando esta investigación fue a buscar el expediente de Arroyo Francisco — los datos de inundaciones históricas, los daños económicos acumulados, la cronología de intervenciones, el número exacto de familias impactadas — encontró silencio. No negación. No confidencialidad. Silencio. La información simplemente no está consolidada en ningún lugar de acceso público.
Eso es lo que este artículo quiere explorar. No tanto la cañada en sí, sino lo que su expediente incompleto revela sobre la forma en que Santo Domingo gestiona — o no gestiona — el conocimiento sobre su propio territorio. Y sobre algo más profundo aún: la forma en que decidimos intervenir el agua urbana cuando finalmente nos decidimos a actuar.
El problema no es la intervención. Es la memoria.
Existe una diferencia fundamental entre actuar y aprender. Una ciudad puede intervenir cañadas durante décadas — drenarlas, canalizarlas, sanearlas — sin acumular conocimiento real sobre su sistema hídrico. Basta con no documentar. Basta con no registrar. Basta con que cada intervención sea un acto aislado en lugar de un capítulo de una historia más larga.
Eso es lo que ha ocurrido con buena parte de las cañadas del Gran Santo Domingo. Las intervenciones existen. Los presupuestos se ejecutan. Las obras se inauguran. Pero el conocimiento que esas intervenciones deberían generar — sobre el comportamiento del agua, sobre las causas reales de los desbordes, sobre las soluciones que funcionaron y las que no — no se acumula en ningún repositorio accesible. Se pierde. Y cuando la siguiente administración llega, comienza desde cero.
Este no es un problema dominicano exclusivo. Es un patrón que aparece en ciudades de todo el mundo en desarrollo: la urgencia de actuar desplaza la necesidad de documentar. Se priorizan los metros lineales sobre los metros de archivo. Se celebran las inauguraciones pero no se publican los expedientes técnicos. Y así, generación tras generación, las ciudades repiten los mismos errores hidráulicos sin saber que ya los cometieron antes.
Intervenir el agua: la pregunta que nadie está haciendo
Cuando finalmente se decide actuar sobre una cañada en Santo Domingo, la solución casi siempre es la misma: encajonar. Tapar. Convertir el cauce vivo en una tubería de hormigón que conduce el agua de un punto a otro sin permitirle hacer nada más.
Es comprensible como respuesta inmediata. El encajonamiento elimina el cauce a cielo abierto que acumula basura, genera olores y representa un riesgo sanitario. Es rápido, visible y relativamente fácil de ejecutar. Tiene el atractivo político de la obra terminada: un antes y un después que cualquiera puede fotografiar.
Pero tiene un costo que raramente aparece en los presupuestos: elimina la capacidad de infiltración natural del suelo, destruye el ecosistema ripario, convierte el cauce en infraestructura gris que no respira, no filtra, no regula la temperatura, no alberga biodiversidad y no genera ningún beneficio más allá de conducir el agua de un punto a otro lo más rápido posible.
Y conducir el agua rápido — sin ralentizarla, sin retenerla, sin permitirle infiltrarse — es exactamente lo que agrava las inundaciones aguas abajo.

La alternativa existe. No es nueva ni experimental — es la que el urbanismo sostenible lleva décadas documentando en ciudades de todo el mundo. Una cañada puede mantenerse a cielo abierto con diques escalonados que ralentizan el caudal durante eventos de lluvia intensa, reduciendo la velocidad del agua antes de que llegue a los puntos críticos. Puede tener taludes de bioingeniería con vegetación nativa que estabiliza las orillas sin hormigón. Puede incorporar humedales naturales que filtran el agua y retienen sedimentos. Puede convertirse en un corredor ecológico vivo que regula la temperatura urbana, mejora la calidad del aire y genera bienestar documentable en las comunidades que lo habitan.
Solo en puntos verdaderamente críticos — donde la geometría del cauce, la densidad urbana o la presión hidráulica lo justifiquen — tiene sentido recurrir al encajonamiento parcial. Como excepción técnica, no como política general.
Lo que Arroyo Francisco sí nos dice
A pesar de su expediente incompleto, Arroyo Francisco nos enseña algo que ningún dato oficial podría haber revelado con más claridad: que el saneamiento hidráulico y la política habitacional son la misma intervención, no dos proyectos paralelos.
Las familias que vivían sobre los márgenes de Arroyo Francisco no estaban ahí por casualidad. Estaban ahí porque el suelo de los márgenes de una cañada es, paradójicamente, el suelo más accesible para quien no tiene otra opción. Es el suelo que nadie más quiere. El que no tiene escritura, ni servicios, ni seguridad jurídica. El que el mercado formal ignora y el mercado informal coloniza.
Cuando la CAASD llegó a sanear el cauce, tuvo que resolver primero el problema humano para poder resolver el problema hídrico. Las 20 unidades habitacionales construidas no fueron un gesto social añadido al proyecto técnico. Fueron la condición sin la cual el proyecto técnico era imposible.
Esa lección — que no se puede restaurar un cauce sin resolver la vida de quienes lo habitan — debería estar en la primera página de cualquier manual de saneamiento de cañadas en República Dominicana. Y no está, porque nadie la escribió. Porque el expediente de Arroyo Francisco, como el de tantas otras intervenciones, no existe en forma accesible.
La memoria como infraestructura
Cuando pensamos en infraestructura urbana, pensamos en tuberías, en cajones de hormigón, en redes de alcantarillado. Rara vez pensamos en el conocimiento documentado como infraestructura. Y sin embargo, funciona exactamente igual.
Una ciudad con buena documentación técnica de sus intervenciones puede aprender de sus errores, replicar sus aciertos, formar a sus técnicos con casos reales y tomar decisiones presupuestarias informadas. Una ciudad sin esa documentación está condenada a improvisar — una y otra vez, en cada nueva cañada, en cada nueva administración, con cada nuevo director que llega sin saber lo que sus predecesores hicieron.
El Inventario Estratégico de Cañadas Prioritarias del Sistema Hídrico Urbano de Santo Domingo que esta serie está construyendo nació, en parte, de esa carencia. Si la información oficial hubiera estado disponible, consolidada y accesible, esta investigación habría comenzado desde un punto mucho más avanzado. En lugar de eso, comenzó desde el silencio — y ese silencio es, en sí mismo, uno de los hallazgos más importantes del proyecto.
Documentar no es burocracia. Es memoria. Y una ciudad sin memoria de su propio territorio no puede planificarlo. Solo puede reaccionar cuando el agua le recuerda, aguacero tras aguacero, lo que decidió olvidar.
El agua de Arroyo Francisco seguirá corriendo hacia el Río Haina con cada lluvia. La pregunta no es si lo hará. La pregunta es si la próxima vez que alguien llegue a intervenir ese cauce, sabrá lo que esta vez ocurrió — y tendrá el criterio técnico para decidir si el hormigón es realmente la respuesta, o si el cauce merece vivir.
Nicolás Marte | Arquitecto · Urbanismo Sostenible
Serie: ¿Por qué se inunda Santo Domingo? · Capítulo 3
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